Adentro, en la cama, ella estaba en posición fetal, cubierta con la sábana. Tiritaba levemente, balbuceando en voz baja. Él, a un costado, permanecía sentado, mirando la puerta, en silencio.
Un leve movimiento y podía quedar una gran cagada. Aunque tal vez no. Todo dependía del ánimo de los involucrados.
Se conocían de lejos, hacía tiempo. Eran de carreras distintas. A ella le gustaba bailar y ser el centro de las fiestas; decían que era medio loca. Estudiaba, trabajaba, era hermosa. Fumaba weed, además.
Él nunca creyó que podía pasar algo. Siempre tan rodeada de amigos, de gente divertida, tan popular, tan requerida. Pero ese día estaba en una barra con su mejor amiga, tomando cerveza. Sonreía, celebraba. El día anterior había terminado una relación de años con un supuesto amor de su vida: un estudiante de agronomía.
Se acercó. Empezaron a hablar. Todo fue risa. Bailaron. Lo pasaron bien. Ella, su amiga y él. Una gran noche.
A mitad del concierto, la banda hizo una rifa. El premio: una estadía en un motel. Se lo ganó ella. Y lo invitó a él.
—Es para el próximo fin de semana —le dijo—. Tenemos días para practicar —y movió las cejas.
Se fueron juntos, los tres. Ellas arrendaban un cuarto piso a cuadras de la playa. Compartieron un rato; luego, la amiga se fue a acostar.
Ya solos, se fueron a la pieza. Se apretaban, fumaban, reían. Él estaba a punto de titularse. Planeaban celebrar en el motel.
Pero un ruido los interrumpió.
Alguien entró por la ventana del baño.
El ex —el estudiante de agronomía— había ido a buscar unas cosas. Como ya no tenía llave, saltó la reja del condominio, subió, trepó y llegó a la ventana del baño del cuarto piso. Una especie de Spiderman. Notable, desde cierto punto de vista. Delictivo, además.
Se quedaron mudos, quietos, escuchando. El tipo entró por la ventana, abrió la puerta del baño y caminó directo hacia la pieza que, hasta hace un día, compartía con su ex pareja.
Adentro, ambos esperaban lo peor. La tensión cortaba el aire, el humo y el sudor.
Pero entonces apareció la amiga desde la otra pieza y se puso entre el ex y la puerta.
—¿Qué haces acá, huevón? ¿Cómo entraste?
El ex se detuvo. Dijo que tenía un bolso en el clóset.
La amiga, con calma, entró a la pieza. Abrió apenas la puerta, se deslizó pegada al marco y cerró. Avanzó mirándolos de reojo. Ellos, desnudos, inmóviles, con los ojos abiertos.
La amiga hizo un gesto de silencio, abrió el clóset, sacó el bolso, salió y cerró.
Afuera, se lo entregó. El tipo pidió disculpas y se fue.
Siguieron viéndose.
Él se tituló un jueves. Lo del motel era al día siguiente.
Ninguno tenía auto, así que ella le pidió a su hermana que los llevara.
La hermana, dos años mayor, casada, muy guapa, pasó a buscarlos.
Él se subió atrás. El viaje fue largo, tenso, hasta que ella rompió el silencio:
—Quién te viera, huevón, entrando a un motel con dos minas ricas.
Él pensó en bajarse antes, pero la hermana los dejó adentro, junto a la cabaña.
—Es mil veces mejor llegar en auto con dos minas que caminando con una —dijo.
En la entrada, un jardinero saludó con la mano. La hermana estacionó, les pasó una caja de condones y se despidió:
—Tranquilos, acá nadie se mete por las ventanas.
En el jacuzzi, ella permaneció arriba de él por largo rato. Se miraban fijo. Bajo el agua, se marcaban en la piel. Después pasaron al sillón, luego a la ducha y terminaron en la cama. Se abrazaron, durmieron un rato y se fueron en taxi.
Fue una buena semana. No toda una vida.
