Operación mediocridad


Un espectáculo. Una supuesta medida de seguridad. Un traslado de reos televisado en horario matinal. Asumo que es el horario de mayor audiencia masiva. El trabajo para la pantalla. Convertir un montaje en realidad social. Superficial, falso. 

Lejos de aquello, agricultoras indígenas ven televisión. Una muestra de la audiencia. Dejando que la luz y el brillo construyan su visión. Sin crítica, sin sentido. Cultura de masas, nada más. Tan simple como una cámara. Tan simple como una pantalla. Íconos de la actualidad.

Idéntica función cumple una red social. Todo perfil es una portada, un titular, una presentación.

¿Cuánto incide un traslado de reos televisado en los indicadores de criminalidad nacional? 

Por otro lado, ¿cuándo la televisión abierta ha sido un ente que enfrenta el delito? Más bien lo difunde, lo masifica. Lo convierte en espectáculo y en legitimidad, no solo para el sistema, sino también para el crimen.
No solo un/a chico/a reality lucra saliendo en pantalla. Otros también.

Y, tal vez más importante, ¿cómo sigue teniendo tanta validez la televisión y su uso instrumental por los gobiernos? ¿Qué es más relevante: un cambio de cárcel televisado a nivel nacional o una reforma efectiva del sistema judicial?

La justicia no se aplica a todos por igual. La normalidad de aquello nos seca por dentro. Tampoco es un mito el montaje de uso político. La televisión instala un discurso que, en rigor, no necesariamente existe de ese modo en la sociedad.

¡Un traslado como medida de seguridad! Una presentación televisada. Siendo mucho mejor la puesta en escena que el plan que la sustenta.

Hemos sido educados con un aparato. Con más de uno hoy en día. La cámara, la pantalla, la única verdad.

La plática con las agricultoras reveló lo usual: una distancia extrema entre la vida cultural cotidiana y la oficialidad de un encuadre nacional. Una organización que mantiene bien a una evidente minoría. Un Estado no debiera ser eso, en realidad.

Pero este país es algo extraño. Otra cosa. No necesariamente una nación. A veces parece una especie de corporación que incluye ciudades, territorios y todo lo que ello implica.

¿Cómo una mayoría relativamente homogénea vota por personas que no son parte de su cotidianidad, que no viven en sus barrios ni van a sus escuelas? ¿Qué hace que una élite sin aristocracia ni gran educación sea percibida como familiar en un hogar?

Puede que seamos actores y actrices en constantes escenarios. Pero eso es sociodrama, no televisión. Es teatro social, no un reality.

En rigor, la vida, para ser real, no necesita cámaras. Requiere hacerse, nada más.