Un día
¿De qué escribiría? ¿De la cantidad de zapatillas que me he detenido a mirar? ¿De mochilas? ¿De mujeres? ¿De los millones que somos en el mundo? ¿De cuán distintos podemos ser? No lo sé bien. Nunca he tenido certezas. Ni en los proyectos ni en los instantes.
Viajar cautiva, sobre todo hacia destinos desconocidos, pero las escalas largas hacen recular. En los aeropuertos hay personas que siempre están concentradas, como si el mundo entero se difuminara frente a sus ojos, absorbidos por un monólogo interior que solo ellos comprenden.
Me pregunto cómo hay quienes son tan tranquilos. ¿Cómo pueden estar horas en el mismo lugar, en el mismo sillón, frente al mismo libro o el mismo computador? Parecen hechos de otra sustancia, inmóviles mientras el resto de nosotros flota, inquieto, de un pensamiento a otro.
Cada quien podría tener aventuras, conocer a alguien, hablar con extraños y descubrir culturas ajenas. Y sin embargo, nadie lo hace. Todos parecen apurados, determinados, ausentes aquí y presentes en algún otro lado.
Tal vez por eso un aeropuerto es un no-lugar. Un espacio intermedio, transitorio. Una zona de paso donde las vidas se cruzan sin tocarse, donde todo es fugaz y provisional. Aquí se tejen redes humanas de nudos efímeros: personas que llegan, otras que se van, y algunas que simplemente esperan. Todos conectados, aunque paradójicamente aislados.
Es también el único sitio donde dormir en el suelo no es mal visto, sino casi un gesto de resistencia. Abundan las soledades, las parejas que empiezan y aquellas que se desmoronan. Horas de falso descanso, de comida cara y regalos comprados más por compromiso que por generosidad, una declaración velada de haber estado lejos.
Viajar. Una meta, un sueño, un capricho. Para algunos, un anhelo; para otros, rutina. Una muestra de estatus, de dinero expendido. Una burbuja de bienestar libre y extraño, tan efímera como el trayecto mismo. Y así, los aviones van y vienen, dejando tras de sí un rastro de historias humanas. Niños, ancianos, parejas funcionales y aquellas rotas, aunque persistentes. Tripulaciones que se suceden como escenas de una obra interminable.
El aeropuerto es un mundo cerrado. Un microcosmos que solo cobra vida cuando se siente el impulso de volar. Un día en este lugar es como un canal: una vía de paso, un puente entre destinos. Como Panamá, por aire y por mar.
Los rostros cansados dominan el paisaje. La urgencia por cargar el celular o encontrar café es casi universal. Los grupos se ríen, los solitarios caminan cabizbajos. No sé si están realmente solos, pero no parecen acompañados.
Hay ojos gastados, a medio camino entre la tristeza y el agotamiento. Viajar alegra, sí, pero esperar lo arruina todo. Esa inactividad disfrazada de prisa, esa rutina de perder el asiento por un descuido o por ir a orinar.
Las personas se estiran como atletas en reposo, moviendo cuellos y extremidades en un intento de aliviar el tedio. Algunos estornudan y otros los miran con recelo, recordando que la pandemia sigue dejando cicatrices. Ya nada es natural, salvo el simple acto de respirar.
¿Y todo esto para qué? Para nada. Para pasar. Para volver, una y otra vez, buscando ese otro lugar. ¿Uno verdadero? Da igual.