Aún no. No puedo hablar de esto. Sé que es grande, significativo. Pero lo estoy viviendo. No lo tengo claro: parece normal, no tan grave, nada extremo. Aunque el médico fue tajante: “quien te pidió ese examen te salvó la vida”. Nunca me habían dicho algo así. Algo como eso. Lo pienso, lo medito, lo asumo. Estoy tranquilo, para nada tenso. Es tan natural que no me doy cuenta de lo que tengo. Y claro, tiene sentido. No depende de ninguna conducta, hábito o comportamiento. Es genético. Es, está, existe. Es, no más.
Así que toca ocuparse, controlar y evaluar en el tiempo. Hacer de eso otro hábito más. Uno primordial. Una costumbre anual o semestral de autocuidado horrendo: recibir cámaras por donde ni siquiera entra un insecto.
Que no dependa de lo que haga no sé si es bueno. No se indicó dieta, plan ni tratamiento. Revisión periódica extrema, buena onda y buenos sentimientos. Y, por qué no, comer ligero, hacer deporte y disfrutar. Nada mal. Una buena excusa para la transgresión y la displicencia. No importa el sistema: importa el cuerpo, el alma, el conocimiento. La energía del amor y del entrenamiento.
Entonces no da susto. Eso también pareció extraño: no apareció el miedo, sino cierta disposición al desafío. De paso, explorar un área nueva y fuera de lo común —en este caso, al menos—: entender que puede terminar. Ya no jugar al riesgo, ahora mirarlo de frente, incluso poder tenerlo.
Apelando a la idea de respirar. Parece canción o poema. No hay nada raro en vivir, sobrevivir y aportar. Todos, en definitiva, hemos sido algo en algún momento. Quien estuvo y luego no; simple como eso. Tampoco es para tanto. El espiral no tiene freno. En su vértigo, todo parece calmo. Se apagan las luces y los ruidos. Uno queda solo con el universo, con uno mismo, con la energía, la luz, el vuelo.
Más que detenerse, dan ganas de acelerar. Sentirse en el espacio. Caer sin distancias, dimensiones ni destinos. Vivir parece sencillo. Seguir luego no deja de serlo. Como siempre pasa, una vez que mueres, las próximas duelen menos. Aunque, por favor, no nos acostumbremos a ello. Hasta el optimismo tiene caducidad. Cómo no habría de tenerla un cuerpo.
Pero bueno, aún no puedo hablar de esto, creo. Todavía me siento igual que cuando ganas, logras o llegas a algo: igual que siempre. No veo nada diferente. Aunque reconozco mirar hacia adentro. Dar vuelta los ojos y concentrarme, aún más, en aquello que habito mientras observo. En el regalo. En el presente. En el devenir.
El paso del viento en el espacio: el tiempo. Y nosotros entre medio, encendiendo luces y queriendo parecer bellos. En torno a eso, un principio: la belleza es bienestar. La salud tiene sus privilegios. La buena salud, sus lujos y su poder. El malestar aleja los aromas y los deseos. Razón suficiente para cuidarse y permanecer sonriendo. Para comer, entrenar, cagar sólido y tener buen sexo. No suena tan mal.
Seguiré cuando pueda referirme a esto. Hablar de ello.