Reseña de libro: Sonidos del norte. Testimonios de músicos de bandas de bronce (Jaime Llanes Antezana, s/f)
Escribo esto desde distintos planos, cada uno con valor en sí mismo y, por supuesto, en conjunto. Por un lado, historia, territorio y patrimonio cultural. Por otro, ciencias sociales, humanidades e investigación local. También aprendizajes, arte y una conexión personal. En torno a esto último, compromiso.
Me topé con Jaime Llanes Antezana en una visita de trabajo al liceo donde se desempeña como profesor de educación musical. No sabía de él desde los años de universidad. Se acercó, nos saludamos y, gentilmente, me entregó una copia de su reciente libro: Sonidos del norte. Testimonios de músicos de bandas de bronce. Me sentí muy bien. Encontré el gesto profundamente cívico, culto y, además, buena onda. Me alegró ver su orgullo al dármelo, el respeto hacia mi persona y los recuerdos compartidos de su etapa de formación. No todos los días alguien te regala un libro —al menos en Chile, al menos en Iquique— y mucho menos su propio autor.
Y claro, seguí con mi trabajo, llegué a casa, lo dejé por ahí… y olvidé leerlo. Mal. Muy mal.
Meses después, ya en pleno Carnaval Andino con la Fuerza del Sol (Arica, 2026), estando yo de vacaciones, me encuentro nuevamente con Jaime, esta vez tocando en una de las bandas participantes. Estaba ocupado, transpirado, luego de múltiples presentaciones. Me acerco, lo saludo y me pregunta si había leído el libro. Sentí una vergüenza enorme, no solo por no haberlo hecho, sino porque estuve a punto de mentir y decir que sí. Por suerte, opté por el respeto —tal como él— y le dije la verdad: que no, que lo leería y que escribiría una reseña.
Y aquí estoy, feliz de hacerlo. El libro, además, es muy bueno.
Se trata de una obra semi-autogestionada —por lo que se aprecia—, de tapa semirrígida y hojas que tienden a desprenderse con el avance de la lectura. La impresión y la diagramación podrían mejorar. No hay año de edición, editorial ni imprenta claramente identificables. Es un trabajo personal, casi de garaje, de soledad en la pieza, luego de un extenso y riguroso trabajo de campo. Y es precisamente eso último —lo recolectado, los datos, los testimonios— lo que constituye uno de sus mayores hitos. Tal vez el más significativo. Justo a tiempo, me atrevería a decir.
El libro aborda el origen y la historia de las bandas de bronce de Tarapacá desde la voz de sus propios protagonistas. Es un estudio respaldado por la pertenencia del autor a la cultura y práctica que investiga. Además, se sostiene en la colaboración de un entorno familiar y profesional sólido, que incluye a destacados artistas e investigadores locales como Mauricio Novoa y Alberto Díaz, por nombrar solo a algunos que, en lo personal, conozco o he leído. Esto otorga validez al trabajo y a sus resultados, más allá de su indiscutible valor patrimonial.
Hay también —es necesario destacarlo— un compromiso profundo con los antepasados: los abuelos, los iniciadores de este camino, la historia que dio forma a una de las manifestaciones artísticas y culturales más relevantes del territorio. Uno de los sellos que definen su identidad: las bandas de bronce.
Aquí viene uno de los puntos que más me impactó. Pregunté a dos amigos cuándo creían ellos que habían surgido las bandas de bronce en Tarapacá. Ambos respondieron, sin dudar, que hacia 1930 o incluso antes, en los pueblos del interior. Pero no. Error. Un error notable, el mismo que yo tenía antes de leer este libro. Resulta que no son tan antiguas: su origen se sitúa hacia fines del siglo XX, entre los años ochenta y noventa. Una manifestación musical que emergió en paralelo al rock latino, el new wave y el hip-hop.
Insisto en la relevancia de esta data. Me sorprendió su juventud —y mi ignorancia—. Asumía, siendo del norte y con cierto acceso a información, que se trataba de una tradición muy antigua y, por tanto, difícil de registrar. Nada más equivocado.
Esto no implica, por supuesto, que los procesos de gestación, las influencias y los promotores sean recientes. Todo lo contrario. Las bandas de bronce deben parte de sus orígenes al vínculo —complejo, para bien y para mal— entre el ejército chileno y los pueblos originarios durante el proceso de chilenización de Tunupa (Sergio González M.). En particular, a las bandas de guerra que acompañaban a los batallones, las que incorporaban instrumentos de bronce importados desde Europa. De ahí el interés y el talento de jóvenes indígenas que, desde su propia cultura, ya poseían un amplio bagaje musical vinculado al viento y la percusión.
La maravilla —y la crudeza— de los procesos humanos. Nuestras formas de adaptación, integración y generación de tradición. La expansión de las naciones irrumpe y quiebra construcciones culturales, pero esas rupturas también forman parte de la historia. Procesos inevitables, al parecer, que producen conflicto, destrucción y transformación, pero que también habilitan vínculo, articulación e integración en el tiempo. A esto le hemos llamado sincretismo. Y, más aún, forma parte de la discusión contemporánea sobre interculturalidad y decolonialismo. Las bandas de bronce, como fenómeno, son un claro ejemplo de ello.
Por todo lo anterior, el libro de Llanes Antezana es un acierto. Un estudio genuino, honesto y pertinente. Una obra con valor histórico, académico y social, que merece expandirse, reeditarse y proyectarse en el tiempo. El timing, además, es clave: hacerlo ahora, con precisión generacional, territorial y musical. Justo antes de que ciertas voces queden definitivamente en manos del tiempo.
Una última cosa —perdón por extenderme—, pero vale la pena decirlo. El libro, aunque breve, es completo en su delimitación. Da cuenta de la época, el entorno, la expansión y el legado de bandas y músicos, a partir de entrevistas y análisis documental. Y lo hace no solo desde un enfoque histórico, sino también antropológico y musical. Describe con claridad cómo comenzaron a interactuar militares, comunidades, curas, profesores y autoridades en el marco de la construcción —impuesta— de una nación. Y cómo la música y la danza se forjaron entre la disciplina castrense y el fervor religioso, permitiendo con el tiempo la emergencia de maestros y aprendices de una música ancestral y popular, religiosa y funcional al Estado. Ritmos propios y ajenos, instrumentos propios y ajenos. Mezcla, integración, creación.
Es notable la sección dedicada a El Salto y la explicación del patrón rítmico 2x3. Leeríamos —sin problema— un libro entero sobre eso.
Otro elemento a destacar: hoy en día las bandas no son tantas, y su rol dentro del calendario anual de celebraciones religiosas e indígenas es estructural. También participan en otros proyectos y colaboraciones. Una verdadera institucionalidad popular. Incluso —por qué no decirlo— una industria cultural.
Deberían existir en esta región centros e institutos de referencia mundial dedicados al estudio de fenómenos como este, con décadas de trayectoria. Y, en cierto modo, existen. No siempre grandes ni sofisticados, pero están ahí. Como ocurre también —aunque de manera incipiente— en ámbitos como la sismología, la energía fotovoltaica o la medicina de altura. Siempre hay instituciones y personas que, como Jaime, Mauricio, Alberto, Sergio o Romina Ramos, por ejemplo, entre muchos otros y otras, enfocan el método en aquello que merece ser valorado y enaltecido, más allá de la persistencia de un modelo.
Recomendado el libro de Jaime. Buenas fotografías y referencias biográficas incluidas.