Cauto fulgor

Siempre fue esa luz baja. Brillo tenue, llenando lentamente el lugar. Una especie de violeta, algo entre rojo y azul, en un entorno oscuro. Como destellos que revelan astros. Tal vez, basura en el espacio. Avanzando como tímidas mareas. Lentas, aun cuando absolutas.

El elegante ascenso del humo entre los rayos. La sensación de anonimato. De estar dentro de una burbuja, de un agujero negro. Magnético y siniestro. Que traga y, por ende, estira. Hace que se mueva la estela y, con ella, hasta el aliento.

Aquel color no iluminaba; más bien cubría como el anochecer. Encerraba a la vez que protegía. Guardaba dentro diamantes del cielo, además de estrellas falleciendo. Podía ser impúdico, pasional, ilícito. Y aun así fluía el deseo.

El amor era incierto. Rondaba, aunque vestido de mentiras. Se presentaba como aprensión o libertad. Una seductora cortesía que danzaba, observaba y poseía. Una sonrisa, una mano o un beso. Placer dispuesto, útil, funcional. Cómodo, acogedor, incompleto.

En ese entorno lúgubre, calórico y envolvente, emergió una cierta conexión. Pequeñas luminosidades construyeron un puente. Dieron paso a un vínculo, a una relación. Nada tan exacto, aunque articulado. Como un acuerdo o un trato que devino en una peligrosa amistad. Una suerte de fábula entre un cerebro y el entorno del ocaso.

Un retrato hermoso de faltas y pecados. Relámpagos diminutos que no saldrán de la habitación.