La piedra en las zapatillas running


Está casi todo bien. Casi.

Es la forma que tengo de empezar, de decir. Casi porque, aunque difusa y disfuncional, acá hay una familia. Y en esta —en todas— nunca está todo completamente bien. Es como el cuerpo: siempre pica, duele o aparece algo. Y cuando algo perdura, bueno o malo, comienza a erosionar los espacios; también los tejidos, las neuronas, los corazones.

De pronto, alguien crece sin familia nuclear. Sin padre, ausente por años. Sí con una madre, aunque intermitente, frágil, resiliente; muy joven. Entre abuelos, tíos, hermanos y primos de múltiples orígenes. Nada claro. Mezclas de la vida, asumo, cuando las cosas no salen bien o se hacen mal.

Alguien que creció bajo la certeza de que querían cagarle la vida. Que, de todos a su alrededor, a ninguno le importaba de verdad. ¿La querían? ¿Quiénes eran? ¿Por qué no estaban quienes correspondía?

Herida tal que proviene de los afectos, de lo único que no puede faltar en la niñez. Y falta. A veces falta. Acá faltó, y mucho. No hubo latidos cercanos que construyeran la seguridad. Había cuidados básicos, entornos, casas, adultos, comida, televisión, esas cosas. Pero vivir entre parientes puede resultar serio y desolador. Así también, ir de amigo en amigo, de casa en casa, buscando refugio y un lugar donde estar; donde ser, donde existir.

Llamaban personas sorprendidas. No entendían. Cómo alguien podía vivir así. ¿Acaso no había nadie que se preocupara? No. No había. O había, pero no exactamente quien debía. Y, por tanto, no había. Era un ser sin dueño, una persona sola, una niña sin hogar.

Llamó una mujer, una vez. La mamá de un pololo. Llevaba días viviendo en su casa. No tenía plata ni ropa interior limpia. ¿No tenía padres o una casa donde habitar? Una señora, en otra ocasión, dijo que había sido violentada. Que necesitaba ayuda, que se notaba en su cara, en sus ojos.

Lo suyo era correr: su deporte, su vida. Escapaba de su casa, huía. No quería estar ahí. No quería estar en ningún lugar. No había meta. Solo quería ser amada, protegida, criada. Querida por una mamá y un papá. Con el tiempo, por un hombre. A veces, cualquiera. Los peores.

Tal vez reconstruir su vida (la mía), hacer su biografía, construirla juntos. Darnos cuenta de todo lo que faltó y de dónde estaba cada uno en esos momentos. Puede que eso haga bien.

No justifico lo que hace ahora. Sí espero que hablar y volver atrás pueda servir de algo. No sé para qué exactamente, pero de algo. De algo bueno, algo que le haga bien. Que la haga cambiar de vida, de comportamiento, no sé. Que deje de sostener un tipo así de familia, un tipo así de hogar. Un entorno atrofiado que, además, procura justificarse.

“Nadie nace queriendo ser malo”. O delincuente. O pato malo. Creo que algo así aparece en Tinta roja (1996), del maestro Fuguet. No recuerdo bien. La frase es clara; es lo que importa. A veces el arte explica mejor que toda una teoría. 

Las personas nos construimos, nos construyen, nos construimos entre todos. Y en ese periplo también tomamos decisiones. ¿Cómo es que unos terminan yendo hacia un lado y otros hacia otro, radicalmente opuesto, además?

Aunque ni tan opuesto, en realidad, si analizamos a fondo, con contexto y mirada crítica. El sistema entero es una gran estafa y un gran cahuín. La infracción resulta transversal. Puede que en muchas familias exista un ladrón, traficante o estafador.

Lo que sacude, asumo, es que, de forma individual, alguien no pueda advertir lo infame que es delinquir y, lo que es peor, vivir de aquello.

Y claro. Justo aquí tenía que pasar.

Valparaíso, julio de 2008