—Acepta tu sombra, habla con ella —dice Carl Jung.
La sombra es, entonces, algo relevante. Un desafío.
Entrenar brazos, hombros, piernas. Enfrentar deseos, miedos, vergüenzas. Danzar, aprender a golpear, a no ser golpeado. Hacerse cargo de las defensas: bloqueos. También de las ofensas: rectos. Incluso de las ofrendas: aquello que se entrega sin querer. De aquellos anhelos extremos que no quisiéramos que existieran.
¿Qué hay en hacer sombra? ¿Por qué encontrarse con ella? ¿Qué significa que, por un lado, ensaye la batalla, la pelea y, por otro, busque la paz con la oscuridad?
Solo hay sombra si hay luz. Algo la interrumpe y ahí está. Aguardando un golpe en el mentón.
Si hemos de pelear, pues hagamos sombra. Si hemos de sanar, integremos su presencia.
Tal vez, haciendo sombra, pueda pensar en ella. Representar en movimiento lo ajeno a la norma, a la moral. Apuntar al hígado y al rostro. A los míos. No atacar al rival, sino a mí. No esquivar sus golpes, sino los míos. No querer ganar el round, sino alcanzar la tranquilidad.
Con cada golpe, estructuras caerían. Es lo esperable. Uno se marea, tambalea, retrocede. La clave es otra: el timing, la precisión. No solo saber pegar, sino también moverse. Defender con estilo, en el momento justo. Golpear para aprender, no para dañar. Hacer de la batalla algo memorable. Un desafío complejo de descifrar. Como en el ring. Como en la vida.
Algo no es menor: hacer sombra no es, en sí mismo, la pelea, sino su preparación, el entrenamiento para ella. Hablarle, tratarla, analizarla: ¿para qué nos prepara, entonces? ¿Acaso para la mayor de las batallas? ¿O, tal vez, para la guerra?
Sombras, nada más. Tan cercanas como desconocidas. Tan propias del movimiento corporal. De los pensamientos ocultos. De las miradas, los gustos, las pasiones. Del deporte.
Francamente, no sé mucho de sombra ni de hablar con ella. Ambas cosas pueden, y deben, perfeccionarse. Puede que duela: a veces, el cuerpo; a veces, el alma. Es inevitable. No es sencillo sentarse con los demonios a la mesa y conversar. No podemos pretender que no existan consecuencias. De igual forma, algo dolerá. Incluso puede que abraces para descansar. Puede que caigas.
¿Hacer sombra es, entonces, aceptarla?
La pelea es la culminación. El sparring, un ensayo. La sombra, un espejo. Una danza para perfeccionar los movimientos, los sentidos, los sentimientos. Una compañía inseparable del presente y de la posición.
El golpe nunca cae sobre ella.
La sombra no sangra, no se cansa, no retrocede. Quien aprende es el cuerpo. Quien cambia es uno.
Tal vez no se trate de vencerla. Ni siquiera de golpearla. Se mueve con nosotros. Adopta nuestra forma mientras exista luz.
Hacer sombra es, en definitiva, un solo de aire.