El accidente


Nadie lo creería, pero es cierto. Vi un camión —completo— volar sobre mi cabeza. Lo que pasó después fue caótico y terrible.
Nada estaba mal. Estaba nervioso, pero por algo personal. Debajo del edificio donde vivo abrió un pub hace poco. Algo extraño aquí. Cuando vi algunos cambios, pensé que sería una tienda, una veterinaria o una heladería. ¿Pero un pub? ¿Un local con terraza y gente linda? Nadie lo esperaba.
Y sí que era un buen lugar. Lujoso, limpio, brillante. Música decente y un piano-bar. Sillones de felpa verde, pufs y futones. Lámparas de pie, galanes de noche y guardarropas. Qué decir de la barra. Un gran mesón negro de fibra de vidrio con lunares blancos. Para poner los pies, un tubo de cobre plateado que resistía hasta botas de minero. Una repisa alta de licores delante de un tremendo y pulcro espejo. Dos bármanes traídos de Viña del Mar y la voz hermosa de una emergente jazzista santiaguina.
El único problema que había —aquello que explicaba mis nervios— era que la anfitriona, y una de las dueñas, era mi ex: Natasha. Nada menos que ella. La más linda de todas. Muy rubia, muy guapa, muy culona. Con su habitual personalidad desbordante. Una sonrisa amplia y esos ojos verdes que enamoran a hombres y mujeres, desde adolescentes hasta viejos verdes.
No podía creerlo. Invité a mis amigos al día de apertura y, cuando entro feliz de la vida, la veo a ella guiando a las personas. Solo pude cerrar los ojos, respirar profundo y aguantar las bromas que cayeron de inmediato. Por supuesto, fui a saludarla. Me sonrió y siguió trabajando. Ella muy tranquila y yo sufriendo del corazón.
El lugar y el momento no eran normales. La ciudad no estaba tranquila. Era una noche movida. Una sociedad polarizada que se debatía por las cifras de delincuencia y seguridad. Todo el mundo parecía estar enojado y apurado. Volvía el fascismo y la izquierda permanecía replegada. Pero el pub era una burbuja. Ahí no había política, sino diversión y cierta lujuria.
No lo supe de inmediato. Todo salió luego de la investigación.
Yo salí un rato a fumar, solo. Verla ahí dentro me hacía bien y mal. Necesitaba respirar y pensar. Sabía que volvería a verla, pero no que fuera tan rápido y mucho menos que estuviera tan hermosa y exitosa.
Se escucharon sirenas a lo lejos, un par de petardos que, en rigor, eran balazos. Una serie de frenazos y un motor grande que aceleraba sin parar.
Fue ahí que lo vi.
Se acercaba rápidamente un camión cementero. Un Mack Granite año 2022 desbocado. Venía violento, arrasando con todo en esa calle angosta y llena de autos estacionados. No paró en ninguna esquina. Aceleraba y nada más.
Vi el peligro, claramente. Lo sentí. Cualquiera lo habría hecho. Nada podía estar bien con una máquina a esa velocidad. Venía huyendo de dos patrullas y un furgón particular; fue lo único que alcancé a divisar.
No alcancé a avisar.
Cuando quise correr o gritar, ese camión golpeó un vehículo y la esquina de una pequeña escalera a la entrada de una casa, más o menos a cincuenta metros del pub. Solo atiné a tirarme al suelo.
El camión voló.
Tuvo una especie de torsión en el aire mientras se reventaban sus neumáticos. Sentí el olor a aceite, a combustible y a fierro quemado. Lo vi sobre mi cabeza y después apreté los ojos.
No quise ver más.
Lo siguiente fueron ruidos dramáticos: choques de concreto, lata y hierro. Gritos desaforados, estallidos y chispas de luz en el cielo. Hubo seis o siete golpes terribles, acompañados del ruido de árboles quebrados y cables de corriente saltando por el suelo.
Fueron segundos eternos.
Solo quería que parara todo. No quería oír nada más. No me paré hasta que dejó de escucharse el estruendo.
Fue una calma horrible. Una suerte de milisegundo de silencio que luego se empapó de llantos y alaridos. El fuego alumbró la calle y, de pronto, hizo mucho calor.
El pub quedó intacto. Al menos ahí, nadie salió herido. Pero metros más abajo todo fue sangre y dolor.
No pude hablar en horas, hasta que se tomó mi declaración.
Vi a Natasha llorar. Ya no era la mujer hermosa que había encontrado unas horas antes, moviéndose segura entre las mesas, sonriendo a todo el mundo. Estaba sentada en la vereda, con las manos temblando y el maquillaje corrido, mirando hacia el lugar donde todavía trabajaban bomberos y ambulancias.
Me acerqué sin saber qué decir.
Ella me miró y, por primera vez desde que había entrado al pub, no hubo pasado entre nosotros. Solo miedo.
Me senté a su lado. No hablamos.
Después de un rato buscó mi mano y la sostuvo unos segundos.
El fuego seguía encendido metros más abajo. Las sirenas no paraban. La ciudad parecía haberse quebrado en esa calle.
Natasha soltó mi mano.
Entonces entendí que seguíamos vivos.